El espectáculo ha acabado.
Los espectadores se van.
Es el momento de recoger sus abrigos e irse a casa.
Se vuelven...
...¡No más abrigos!
...¡No más casas!

Una cita hace mención a lo que uno u otros han dicho previamente. Al reunirse con otras se produce un espacio de acumulación: un cuerpo o castillo digital, de papel o de tierra, largo, ancho, robusto, engordando la imagen de sí mismo, pesado a veces.
Hoy esta acumulación se ubica en el centro de todo; se trata de la acumulación del capital por todos los medios, sean estos pacíficos o no. La cultura que habitamos, de la cual también somos en primera instancia productores, se encuentra atravesada por este principio fundamental. Se evidencia así que nuestros deseos, lo que en ellos se vehicula y también el espacio hacia el que estos nos dirigen, son en algún momento territorializados y falseados por el capital. Territorialización y falseamiento constituyen, por tanto, dos de los puntos con los cuales debe lidiar toda nave, artefacto, aparato de movilidad.
¿ Cómo sabotear esta lógica?
Naves disuelve la cita y se relanza desde lo que el pensamiento y el arte contemporáneos, con sus artefactos creativos, sus supuestas máquinas de guerra, prácticas y construcciones generadas por la actual descomposición social, pretenden obviar e incluso devastar. Naves se relanza desde la vida misma, como aquello que la incendia para ir a contracorriente, para reconocer en el estigma del preso común que el trabajo cultural, hoy más que nunca, debe crear en torno a hogueras, las nuestras, que nunca fueron las del fuego atómico ni las de Auschwitz, ni aquellas que siguen quemando cuerpos en comisarías y en despachos de multinacionales que, con su burocracia, torturan a la expresión y al deseo salvaje.
Naves sigue, pero no desea acumular, al menos no en el sentido identitario del capitalismo.
Por ello esta web NO está en construcción.
Los barquitos de papel, que tanto viste aquí, se deshacen en agua para construir una pasta densa que amasamos con otras manos y mezclamos con otras sustancias. Y al contacto con el aire, con lo cotidiano, esta gana en fuerza y se endurece, dejando atrás las trazas tímidas, los espacios cerrados y la fragilidad acumulada para convertirse en bolas informes que disparan hacia otros lados sin registro.
No quemamos las naves. No desaparecemos. Estamos en otra cosa y en otros lugares: construimos desde lo real, en espacios otros fuera de la esfera de representación, allí donde el calor de nuestras hogueras nos acerca de veras.
Okupamos espacios y nos atrevemos con nuestros cuerpos. Escribimos y bailamos en la calle, ya no en pizarras. No participamos de la vanguardia, atravesamos la retaguardia y empuñamos con fuerza las armas de la crítica.
Reconvertimos, por tanto, este sitio de Naves en un espacio explorador, disparador contra esta cultura de la que disentimos, pues la vida está en las barricadas, en las guerrillas y en el poema internacionalista que no dejaremos de reescribir.
Así, elevamos la voz para preguntar a los presentes, en especial a quienes insisten en su pertenencia al mundo de los espejismos estéticos, que hoy parecen renovarse en la pretensión de musealizar hasta las estrategias creativas de la oposición al capitalismo:
¿ qué arte es capaz hoy de invertir, sabotear el camino trazado por las instituciones de la recuperación, es decir el que va desde el arte por y para la revuelta, al arte como recurso del estado y el capital?
¿ es posible reemplazar los cuerpos quemados y las mentes vacías que esta sociedad produce desde el arte?

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